Un eslabón más a la cadena






El dicho popular dice que “en las malas se conocen a los amigos” y nunca fue más cierto que durante la emergencia sanitaria del coronavirus. Durante estos días ha dejado de ser secreto cómo enfrentan los tiempos de crisis políticos, líderes de opinión y empresarios. Estos tiempos de crisis nos dan una gran oportunidad para medirnos con la misma vara. A pesar de no ser figuras públicas o tener la vida resuelta, hoy muchos tenemos la oportunidad de conducirnos con los valores que anhelamos que imperen en las políticas públicas y en la empresa. El primer paso es reconocer dónde estás parado. ¿Cuentas con un techo? ¿Tienes los medios para costear tu alimentación e higiene por el tiempo que dure el confinamiento? ¿Cuentas con ayuda doméstica en casa? Estás en una posición de privilegio. ¿Has pensado en la vulnerabilidad en la que se encuentran las personas que se dedican al trabajo doméstico remunerado?


La Comisión Nacional de los Derechos Humanos señala que el término vulnerabilidad hace referencia a la condición de indefensión en la que se puede encontrar una persona, un grupo o una comunidad. Señala que “alguien puede ser vulnerable porque no cuenta con los recursos necesarios para satisfacer las necesidades básicas a las que se enfrenta en su calidad de ser humano.” El Instituto Nacional de Salud Pública señala que este término se refiere a “las características de una persona o grupo en cuanto a su capacidad de anticipar, enfrentar, resistir y recobrarse de un evento negativo. La vulnerabilidad representa un estado de debilidad, la ruptura de un equilibrio precario que arrastra al individuo o al grupo a una espiral de efectos negativos y acumulativos.” 


La interseccionalidad -es decir, la sobreposición de condiciones de vulnerabilidad- convierte al colectivo de los y las trabajadoras del hogar en un grupo particularmente indefenso. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el trabajo doméstico remunerado es realizado primordialmente por mujeres en 95 de cada 100 hogares. 50.7 por ciento de los hogares liderados por una mujer que se desempeña como trabajadora del hogar sufren de pobreza parcial a extrema. 99 por ciento de las personas que realizan trabajo doméstico remunerado no cuentan con un contrato, y 97 por ciento no cuentan con seguridad social. 


Hay que considerar que muchas y muchos son cabezas del hogar, y que la mayoría recorre largos trayectos en transporte colectivo, donde estos días podrían contagiarse. La cadena de condiciones de vulnerabilidad puede ser muy larga; prácticamente un túnel sin salida.  Tal es el caso de Ana, una trabajadora doméstica que labora de entrada por salida en diferentes domicilios en San Pedro: es mujer, es la única que aporta ingresos en su casa, es indígena y es madre. En el contexto de la pandemia a esta cadena se agregan dos eslabones más: desempleo y el peligro de perder la salud.

 

2019 fue un año de avances históricos en el reconocimiento de los derechos del colectivo de trabajadoras y trabajadores domésticos en nuestro país. Se implementó el Programa Piloto de Incorporación a Personas Trabajadoras del Hogar para su afiliación al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y se reformó la Ley Federal del Trabajo para reconocer explícitamente las prestaciones a las que tienen derecho. A finales de año, el Senado de la República ratificó el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), con el que se obliga al Estado Mexicano a adoptar medidas para asegurar la protección de sus derechos humanos laborales. Asumir los compromisos que nos corresponden como empleadores es parte de esta tendencia que pronto será vinculante. Para obtener asesoría gratuita en todo momento, pero especialmente en esta temporada de gran peligro de despidos injustificados, las y los interesados pueden acercarse a organizaciones como el  Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH) y el Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar (SINACTRAHO). Aunque estas organizaciones se encuentran en la ciudad de México, el contacto puede hacerse por teléfono, sitio web y redes sociales. 


El sitio de Facebook Mi trabajo cuenta recoge algunos testimonios de cómo están viviendo la contingencia sanitaria algunas trabajadoras domésticas: “A mí me descansaron todo el mes; sólo me dijeron que me llamarían si mejoraba la situación”. “Me gustaría que mis empleadores me dieran la oportunidad de quedarme en casa para no exponerme”. “No puedo dejar de trabajar, tengo un joven con discapacidad que depende de mí” y “tengo más miedo de no llegar a fin de mes que al mismo coronavirus”. 


La necesidad es muy clara: es urgente reaccionar con solidaridad. Continúa pagando el salario de la persona que hace el trabajo doméstico en tu casa. Nuestras acciones pueden condicionar la integridad física, la seguridad alimentaria y patrimonial de las personas que nos cuidan, que permiten que estén cubiertas de las necesidades básicas de nuestros hogares y que posibilitan que desempeñemos actividades económicas y sociales fuera de casa. Tenemos una oportunidad histórica; no la desaprovechemos.



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Hecha con ♡ por personas voluntarias de Nuevo León, México.

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